viernes, 20 de abril de 2012

La Churreria de Arrotxapea

   El presente artículo ha sido escrito por un servidor y  Ernesto Delás para la revista Ezkaba, publicado en el número 194 correspondiente a este mes de abril de 2012.

La Txurrería de Arrotxapea

Clara Elizalde y Valentín San Juan.
Mucho ha cambiado nuestro barrio durante estos 20 años. La Churrería de la familia Elizalde y San Juan ha sido testigo de muchos de ellos. Aquellos años 90 fueron años de Planes de Urbanización, años de Plan Parcial y proyecto del Parque del Arga. Con ellos aparecieron las nuevas construcciones de los Puentes de San Pedro, Vergel y Oblatas, así como la nueva rotonda de Cuatrovientos. Como nos comentaba la propia Clara en la entrevista realizada hace ya algunos años, mucha gente dejó de acudir a la churrería desde que Cuatrovientos experimentó aquella transformación. La propia churrería terminaría por desplazarse a Marcelo Celayeta, abandonando aquel nº 6 de la Avenida Gipuzkoa que la vio nacer, hoy ya inexistente, como otros tantos rincones de aquella vieja Arrotxapea.
Si retrocedemos más aún en el tiempo, cuando Valentín y Clara, ésta con 24 años, abrieron el negocio, veremos que el éxito del mismo estaba por demostrar. De hecho, como en su día nos recordaba Clara, “entonces estaba mal visto que una mujer trabajase, pero lo pusimos y resultó”. Tras aquel primer pago de 10 pesetas por la apertura, “en los buenos tiempos había una cola enorme para entrar. ¡Incluso venían guardias a organizarla!”. Son las palabras de Valentín quien, como otros muchos vecinos que nos han ido dejando, además de testigo, ha sido protagonista de un barrio que, pese a todas esas transformaciones, sigue caracterizándose por la peculiaridad de sus gentes.

Patxi Abasolo López


Harina, agua, sal, aceite, una mirandesa y un “irurtzungo” fueron los ingredientes que coincidieron en 1953 dando nacimiento a la Txurreria de la Rotxapea, entonces en la avda. de Gipuzkoa nº 6, junto a Dulces Eliseo en Cuatrovientos.
Eran los años duros y oscuros del franquismo y la Rotxa crecía con trabajadores y trabajadoras venidos desde todos los pueblos de Navarra y también desde otros lugares de la península. Algunos llegaban para trabajar en las industrias de la comarca de Pamplona como la mina de Potasas, la Morris (ahora la Volkswagen), industrias cárnicas, auxiliares del automóvil, electrodomésticos Orbaiceta (luego la Super Ser y ahora BH electrodomésticos), la construcción, Perfil en Frío, Abonos Químicos, etc. Otros venían destinados a Pamplona, por ejemplo algunos ferroviarios; y algunos otros, no muchos, probaban suerte por su cuenta en el sector servicios. Entre éstos últimos Valentín San Juan nacido en Irurtzun,  que ya vivía en la Rotxapea, y Clara Elizalde que se casó con Valentín y vino de Miranda de Arga a vivir a Iruñea. Concretamente a la calle de las Provincias o “la calleja de los cutos” como le decíamos entonces, seguramente porque había unos corrales de ovejas y cutos allí. Claro que por aquellos años esto no era nada raro porque la Rotxa estaba llena de animales (de cuatro patas, se entiende): los caballos de Goñi en el hotel que ahora está junto a la escuela Patxi Larrainzar, el rebaño de ovejas del señor Sebastián y la señora María  frente a Casa Feliciano, las vacas de Larrayoz un poco más allá hacia la Txantrea, gallinas (éstas de dos patas) en cualquier casa que tuviese un poco de terreno, por ejemplo en el Paseo de los  Enamorados. Todo ello en Marcelo Celayeta y alrededores. ¡Ah, y los toros y los mansos en sanfermines, claro!
Bueno, volviendo al tema, Valentín que había aprendido el oficio de mecánico trabajando durante algunos años para Orbaiceta, conocido empresario pamplonés de la época, decidió ponerse por su cuenta abriendo un taller de arreglo de motos y bicis en la avda. de Gipuzkoa nº 6. Entonces, tenían enfrente la “azucarera de Txiki” que le decían. Se hacía azúcar con la remolacha que llegaba en tren. Valentín, desde luego, las bicicletas las conocía bien ya que había sido ciclista conocido en Navarra y alrededores llegando a ganar en una ocasión la prueba llamada “Circuito de Pascuas de Pamplona”. El caso es que la cosa del taller parece ser que no daba para mucho y el primer hijo ya estaba en camino. Así que surgió la idea, aprendieron a hacer churros, se arriesgaron, recibieron del Ayuntamiento la licencia de apertura para junio del 53 y, todos los domingos, ¡manos a la obra! El precio por docena era de 2 pesetas. La familia de ella, Clara, eran panaderos en Miranda así que el oficio y los ingredientes los conocían bien. La elaboración era, y es, totalmente artesana; o sea, todo hecho a mano y todo hecho ahí mismo y en el momento.

Elaboración artesanal.
Familia Elizalde San Juan, 2012.
Se pesan la harina y el agua (algo menos del doble de agua que de harina), calentamos el agua hasta que hierva fuerte, añadimos la sal (como para cocer verdura por ejemplo), y entonces echamos el agua sobre la harina escaldándola. Rápidamente se amasa con un palo hasta conseguir una textura como si fuera para hacer pan. Se deja reposar unos minutos, se introduce en el molde y se echa a la caldera dibujando una espiral, cruzando la masa al principio y al final para que la rosca mantenga su forma sin abrirse. El molde, al principio, era de los de empujar con el pecho; luego Valentín tuvo el acierto de utilizar una embutidora de aquellas de antes para hacer txistorra, colgándola sobre la caldera. El punto curioso es que hay que hacerla girar con una mano en el plano horizontal para hacer la espiral mientras que con la otra mano, a diferente velocidad, hay que dar vueltas en vertical empujando la masa. No es nada fácil. La caldera contiene 125 litros de aceite muy caliente. Cuando la rosca está frita por un lado se le da la vuelta, utilizando siempre instrumentos de madera. En aproximadamente 3 minutos está lista para cortar y comer los churros. Los ingredientes son de primera: harina de trigo de la cuenca, agua del grifo, sal marina y aceite de Cascante.
Y así han pasado 59 años haciendo los churros siempre de la misma forma. Las generaciones se suceden. Los hijos/as y nietos/as de Clara y Valentín, que falleció hace 16 años, continúan con la misma caldera, la misma embutidora, los mismos recipientes y bandejas que han visto y hecho tantos kilómetros de churros. La vieja churrería se la llevó la reurbanización de la Rotxapea. Yo me acuerdo que cuando bajábamos de sanfermines por la mañana, de gaupasa, para que la bronca de la madre no fuera tan gorda llevábamos esos churros tan buenos y majos. Merecía la pena la espera. Ahora, la Txurreria está en Marcelo Celayeta nº 8 frente a la parroquia El Salvador; abierta los domingos por la mañana, como siempre. Ya forma parte del patrimonio y la memoria de la nuestra Rotxapea.


Texto y fotografías: Ernesto Delás.


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