sábado, 25 de diciembre de 2010

La Rotxapea del siglo XIX: Vendedoras, sirvientas, costureras…

El trabajo que las mujeres de nuestro barrio realizaron durante el siglo XIX fue de lo más diverso: al trabajo de la casa se sumaban las actividades del campo y todo tipo de empleos temporales. Nodrizas, lavanderas, costureras, lecheras, comadronas, recadistas, vendedoras de flores y hortalizas o prostitutas escribieron, junto a otras muchas, la historia de la Rochapea.

El artículo anterior concluíamos con las amas de casa que, al mismo tiempo, eran campesinas o, como Maxi, “la cutera”, especialistas en cuidar y mantener cutos, en este caso en la bajera que se encontraba en la calle Errotazar. En estas páginas vamos a abordar algunos de los muchos oficios mencionados más arriba, todos ellos fundamentales para la supervivencia de las respectivas economías familiares.

Vendedoras.
Las hortelanas rochapeanas formaban parte de la agitada actividad comercial en que se encontraba inmersa a diario la ciudad. El centro del mercado de Pamplona se concentraba en las dos plazas de la ciudad: la de Arriba, en la actual Plaza Consistorial, y la de Abajo, en la bajada de Santo Domingo. A la primera se le conocía desde el siglo XVII como la Plaza de la Fruta, pues fue lugar de venta de frutas y verduras hasta la segunda mitad del XIX. El actual Mercado de Santo Domingo era conocido como “Las Carnicerías”, pues en él se encontraban los puestos de venta de carne desde el siglo XVI. Tras un fatal incendio, en mayo de 1877 se inauguró el actual Mercado construido por el arquitecto Martín de Saracíbar. Tras el Mercado de Santo Domingo se encontraba el Zacatín, conocido en el siglo XIX como la Plaza del Baratillo, espacio ampliado a la venta de verduras y carne para evitar los días de grandes aglomeraciones. Sin olvidar, cómo no, a las vendedoras que invadían la ciudad con sus puestos callejeros de huevos y verduras, a cambio de un impuesto que pagaban anualmente al Ayuntamiento. Entre ellas podíamos encontrar a las hortelanas rochapeanas que iban a vender directamente los productos de la tierra.

Las nodrizas.
Dentro del servicio doméstico nos encontramos con el trabajo de las nodrizas, mujeres que se ofrecían a criar las hijas e hijos de otras familias a cambio de un salario. La prensa del momento recoge abundantes anuncios en que familias pudientes solicitan ese servicio, y de mujeres ofreciéndose como nodrizas, indicando en los mismos la edad, el tiempo de leche y la disposición a criar en casa de la familia del bebé o en su casa propia.
El nodrizaje supuso un medio de vida para algunas mujeres muy pobres, mientras que para otras muchas supuso un ingreso complementario en momentos de necesidad familiar. Esta práctica fue muy habitual hasta que en la década de 1950 fuese perdiendo su función con la difusión del biberón y la leche en polvo.

Las sirvientas.
La peor parte la llevaba la llamada comúnmente criada para todo, cuyo salario era insuficiente en todos los sentidos, lo mismo que su alimentación en la casa que servía, donde se alimentaba de lo que sobraban en la mesa del señor y la señora. Constituían el estatus más bajo en la consideración socio-laboral. Por detrás tan sólo se encontraban las prostitutas, al igual que hoy día muy lejos de toda consideración laboral.
Evidentemente, la niña que empezaba a trabajar lo hacía sin contrato laboral alguno. El oficio se aprendía rápido. En el censo de Pamplona de 1900, las sirvientas más jóvenes tienen 10 años cumplidos. A los 12 ó 13 años, una niña ya había trabajado en varias casas. Al igual que las jóvenes de los pueblos, las de los barrios acudían a trabajar para las familias más ricas de la ciudad y el clero. La realidad era, no obstante, que las niñas empezaban a trabajar como cuidadoras de niños con 6 ó 7 años, continuando como parte del servicio doméstico hasta la edad de contraer nupcias o al incorporarse a otra actividad laboral. El 84,01 % de las sirvientas de Iruñea eran menores de treinta años. La gran mayoría, el 92 %, eran solteras, frente al 5,77 %  de las viudas y el 1,85 % de las casadas.
Además de pasear a la familia y acompañarla en sus desplazamientos, la criada tenía que hacer todas las labores de la casa: limpiar, hacer compras, fregar, cuidado de niñas/os, traer agua de las fuentes, lavar la ropa, labores agrarias, etc. La situación de desprotección absoluta a la que se encontraban sometidas nos hace imposible conocer los pormenores de su situación, siempre bajo la amenaza de que el señor de la familia diese por finalizado un contrato que se había realizado de forma oral y privada. El paro tenía unas consecuencias mayores en el caso de las sirvientas, pues además del salario se veían desprovistas de la vivienda y manutención proporcionadas por la familia para la que trabajaban.
J. J. Arazuri describió así a la sirvienta de 1900: “A excepción de los domingos por la tarde, en que les correspondía asueto, aquellas chicas salían siempre a la calle con delantal y una falda de vuelos sobre una saya igualmente vueluda. De cintura para arriba vestían con chambra o blusa. Las mayores usaban en invierno mantón, generalmente negro, y pañuelo en la cabeza, mientras las jóvenes empleaban la toquilla cruzada por delante del pecho y sujeta en la parte posterior de la cintura con un imperdible. El pelo invariablemente peinado con moño. La mayoría salían de casa con el llavín (así se llamaba  a la llave de la puerta de la habitación, para diferenciarla de la llave del portal, que generalmente era de un tamaño descomunal) y para no perderlo, se lo ataban a la cintura con la cinta del delantal; por esto también se les llamaba “las chicas del llavín” […].
En general, tenían de asueto una tarde cada quince días si durante ambas semanas no había días festivos. En caso contrario, se alternaba un día festivo sí y otro no. La salida la hacían en las primeras horas de la tarde, tras haber terminado los trabajos de la casa y regresaban de 7 a 8. Esto era lo más corriente, aunque existían excepciones. Había algunas señoras que les hacían volver a casa a media tarde para preparar y servir el chocolate”.
Según el censo de población de 1900, de aquellas que conocemos sus datos de procedencia, la inmensa mayoría proceden del ámbito rural de la provincia. El 10,4 % son pamplonesas, y el 6,9 % proceden de fuera de Navarra. En la ciudad de 1900, cabe destacar el elevado número de mujeres que trabajaban en el servicio doméstico, 2.060, un 13,43 % del total de la población femenina. El número de sirvientas es mucho mayor en las zonas de mayor nivel adquisitivo de la ciudad, destacando las calles Espoz y Mina, Constitución (actual Plaza del Castillo) o Chapitela, mientras que las zonas de extramuros eran las que tienen el índice más bajo, contabilizándose 32 en el caso rochapeano.

Fábricas.
Durante el siglo XIX Pamplona no conoció un proceso industrializador propiamente dicho, encontrándose sus talleres y fábricas fuertemente ligados a la agricultura y mercados locales. Existían fábricas de propiedad pública como la fábrica de Papel del Hospital y la fábrica de tejidos de la casa de Misericordia. Son muy pocas las fábricas de nueva creación: la de maquinaria agrícola de Pinaqui, dos fábricas de lencería y una de harinas. Con la llegada de 1900, surgen en la ciudad tres fábricas de gaseosas y tres de pastas de sopa, y junto a ellas numerosos establecimientos textiles. Poco a poco, en su entorno se van concentrando industrias relacionadas con la demanda urbana, por su capitalidad y ser nudo ferroviario: harina, pan, lienzos, papel, metal y química. Pese a la oposición masculina a su incorporación al mundo laboral extradoméstico, las mujeres rochapeanas, como las pamplonesas en general, fueron incorporándose a esos nuevos lugares de trabajo. En 1903, por ejemplo, las mujeres eran el 14 % del total del personal en el sector industrial de Pamplona, de las que el 95 % trabajaban en el sector textil. No obstante, no podemos olvidar que gran parte de ese trabajo de costura se seguía realizando de manera individual en los propios domicilios, lo que suponía para los empresarios una mano de obra flexible, a utilizar en función de las necesidades de la producción.

Prostitutas.
La prostitución está documentada en Pamplona desde 1346, año en que Urraca Alfonso y María Rodriguitz fueron juzgadas por ser “mugeres legeres” y sufren como castigo la pena de azotes. En 1580 fueron censadas las prostitutas que vivían en casas situadas entre las actuales Santo Domingo y la bajada a la Rochapea, todas ellas ejercían su profesión en las calles. A finales del XIX el Ayuntamiento reglamentó esta actividad, con 29 mujeres censadas en 1889, repartidas en las calles Santo Andía, Descalzos, San Gregorio, Merced, Compañía y San Lorenzo, todas ellas de poca concurrencia y alejadas de edificios destinados al culto y a la enseñanza.
En cuanto al número de mujeres y casas relacionadas con la práctica de la prostitución en Pamplona solo existe información municipal específica para el período de 1889 a 1892. De nueve casas públicas y un total de 29 mujeres registradas por la sección de higiene del Gobierno Civil en 1889, pasaron a 5 casas y 27 mujeres en 1892. Este retroceso de la prostitución regulada y oficial parece proseguir en las primeras décadas del siglo XX. No obstante, la mayor actividad debió ser clandestina, como lo atestiguan para las mismas fechas datos como “las 196 libretas sanitarias, 200 relaciones impresas de reconocimientos, 138 volantes de traslado al Hospital y 300 cartillas de sirvientes” facilitadas a mujeres por la sección de higiene del Ayuntamiento. Fueron también mujeres rochapeanas quienes, como hoy día, escribieron más de una página en el que es, sin duda alguna, otro de los muchos capítulos que conforman la historia de nuestro barrio.

Testua: Patxi Abasolo Lopez
Argazkiak: AMP
[Ezkaba aldizkaria, 177 zka., 2010eko uztaila]

1 comentario:

Patxi Abasolo Lopez dijo...

Más información en el libro:
Patxi Abasolo, "Arrotxapea: Historia, Memoria, Compromiso", Iruñea: Jai Batzordea, 2012.