viernes, 24 de diciembre de 2010

La Rochapea del siglo XIX: Un barrio de mujeres trabajadoras.

¿Qué mejor forma para empezar a analizar la historia del barrio que abordar precisamente el trabajo realizado por sus mujeres, normalmente ninguneado tanto por la sociedad en que les tocó vivir, trabajar y morir, como por las sucesivas generaciones de eruditos de las distintas ciencias sociales y, de forma más escandalosa si cabe, por la historiografía de ayer y de hoy?

“Me estremecieron mujeres
que la historia anotó entre laureles
y otras desconocidas, gigantes,
que no hay libro que las aguante”.

Silvio Rodriguez.[1]

En efecto, el trabajo que las mujeres realizaron durante el siglo XIX, las actividades realizadas en el campo, a domicilio, los empleos temporales, el trabajo de nodrizas y prostitutas, no constan en los censos de la época, a lo que hemos de añadir la falta de valoración hacia el trabajo reproductivo, es decir, las tareas domésticas, la crianza de hijas e hijos, y el cuidado de la familia en general, lo cuál no ha cambiado mucho durante estos dos últimos siglos.
El servicio doméstico era, con gran diferencia, el sector que más trabajadoras abarcaba en Iruñea, muy por encima de lavanderas, costureras y recadistas. Los oficios de las mujeres eran innumerables: lecheras, comadronas, taberas, cigarreras, cocineras, funambulistas, sanadoras, tenderas, taberneras, tenderas, recadistas, chocolateras, harineras, bolseras... En los artículos recogeremos tan sólo una pequeña parte de la historia de todas ellas, convirtiendo estas páginas en un sencillo homenaje de reconocimiento a todas aquellas mujeres que han constituido, como lo hacen las mujeres de hoy, la mayoría social de la Rochapea.

Prototipo de mujer.

El prototipo de mujer rochapeana de finales del siglo XIX, al igual que la mujer vasca en general, seguirá correspondiéndose al esquema tradicional de la mujer ideal, cuyo papel fundamental en la vida es la de ser esposa sumisa y madre perfecta, dedicándose exclusivamente a las tares del ámbito doméstico. Tenemos que esperar, por tanto, a las primeras décadas del siglo XX para poder observar su lenta y muy condicionada incorporación a la esfera pública, tanto en el ámbito productivo, laboral como sindical. Su incorporación al ámbito político será aún más tardía, hasta la concesión del sufragio femenino por el gobierno español en 1931 (el francés lo haría más tarde, en 1945), conquista que no supuso una incorporación real y absoluta de las mujeres en la vida política. Por el momento, esta es la percepción que se tiene de la mujer navarra en 1892:
 “La mujer, ese ser simpático que nos protege en los primeros pasos de la vida y que es nuestra compañera en la edad madura, la que forma nuestro corazón y la que con su carácter dulce y persuasivo nos templa en contrariedades de la vida y en la lucha de la existencia, es en Navarra el jefe de las relaciones interiores de la familia, como lo es el marido de sus relaciones exteriores, vive por el mismo en el interior de la casa, trabaja tan sólo dentro de ella en general, y auxilia a su esposo con el buen gobierno, con la economía, con el buen empleo de su jornal”.[2]
En la Vizcaya industrial, la prensa de la época no hacía sino proponer la limitación o prohibición del trabajo femenino en talleres y fábricas, como el artículo firmado por J. De Posse y Villelga en el periódico conservador bilbaíno La Gaceta del Norte el 14 de abril de 1903:
La organización fisiológica de la mujer, la evolución de sus facultades intelectivas y el señalamiento de los fines sociales que está destinada a realizar, rechazan las rudas faenas del trabajo industrial y fabril, que exclusivamente se deberán al hombre, ser de construcción orgánica robusta y fuerte, de inteligencia activa y poderosa voluntad prepotente y dominante.[…] Existen obreras, no debiendo existir más que hijas, madres y esposas, ocupadas en las faenas propias de su estado, únicas que son compatibles con su resistencia muscular […] El trabajo de la mujer produce su propia inmoralidad y la de sus hijos”.[3]
La Avalancha, órgano de la Biblioteca Católica-Propagandística, dirigió el siguiente consejo a las pamplonesas en su ejemplar del 24 de octubre de 1902:
“Dejemos a los hombres ocupados con su ciencia, con su arte, con su política, con su libertad y su progreso… y vayamos nosotras en busca del reino de Dios y su justicia, que todo lo demás se nos dará por añadidura… cultivemos la abnegación tan hermosa y sublime”.[4]
Las personas conservadoras y la Iglesia católica consideraban la experiencia laboral de la mujer fuera del domicilio como antinatural y una desvirtuación de su sublime misión de madre y “ángel del Hogar”, y sólo admitían ese trabajo de forma transitoria en circunstancias de extrema necesidad. Era habitual escuchar cómo la mujer trabajaba tan sólo para cubrir gastos innecesarios y frívolos, para fumar y contraer vicios, a diferencia del hombre, que trabaja para sostener a su familia.
Por el contrario, personalidades liberales y de izquierdas venían ya décadas defendiendo el derecho de las mujeres a trabajar en cuanto que eran ciudadanas de pleno derecho. Así lo afirma la resolución sobre la mujer aprobado en el Segundo Congreso de la Federación Regional de la Primera Internacional en el año 1872:
“La mujer es un ser libre e inteligente, y como tal, responsable de sus actos, lo mismo que el hombre; pues, si esto es así, lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades. Ahora bien, si relegamos a la mujer exclusivamente a las faenas domésticas, es someterla, como hasta aquí, a la dependencia del hombre, y, por tanto, quitarle su libertad”.

Trabajar por necesidad.

 Podemos afirmar sin lugar a dudas que la mayor incorporación de la mujer al trabajo extradoméstico se debió fundamentalmente a la necesidad económica. Posteriormente, a lo largo del siglo XX, además de las mujeres de las clases populares, mujeres procedentes de la pequeña y mediana burguesía se irán incorporando al mercado laboral para poder hacer frente a sus necesidades más vitales.
En el cuestionario realizado por la Comisión de Reformas Sociales en 1883 para conocer la situación de las mujeres en el territorio peninsular bajo administración española, se constataba que sólo una menor proporción de mujeres, todas ellas jóvenes y solteras, decidieron trabajar por unos motivos que no sea la mera necesidad. Entre ellas se encontraban las segadoras navarras y las trabajadoras guipuzcoanas de balnearios, en este caso trabajando fuera de casa con el objetivo de aumentar sus propios ahorros, hacerse el ajuar o poder acceder a puestos de trabajo mejor remunerados:
“La cuenca de Pamplona se puebla en la temporada respectiva de segadoras montañesas que en su mayor parte emprenden el duro trabajo de la siega para formarse en cinco o seis años un dote o mejorar el que ya tengan y aspirar así a colocaciones más ventajosas en las casas de labranza del país; efecto de la legislación foral, que todavía conserva, como es sabido, una notable diferencia entre el heredero y los hermanos menores o desheredados (si alguna vez los hay)”. [5]
Lo cierto es que las mujeres no dejaron de trabajar en ningún momento, y su presencia en el mundo laboral fuera del hogar es ya una realidad que no tendrá ya marcha atrás en la Europa del siglo XX, consecuencia de los cambios sociales y económicos generados por el doble e inseparable proceso industrial y urbano. Es más, podemos afirmar con total rotundidad que la supervivencia de las clases populares fue posible gracias a las aportaciones de las mujeres y de las niñas y niños a la economía familiar. El ingreso de los varones adultos fue en todo momento insuficiente para la supervivencia de la familia. Josefina Guerendian nos dejó en sus memorias el orgullo por el trabajo de su madre, lavandera en San Pedro, quien ganaba más que los diez duros de plata que recibía su padre por trabajar en una empresa de cantera:
“Cuando mi padre trabajaba para Arrarás, en las canteras, caían cuatro gotas de agua y venía con las alubias con corteza y sin jornal, por llover. Vivíamos gracias a mi madre que era lavandera de toda la Navarrería.
[…] mi madre era la que más longaniza le gastaba. Le decía la Juana que la comíamos de la catedral de San Pedro, que era donde tenía el cuartel general: o sea, el lavadero de San Pedro”.[6]

Campesinas y amas de casa.

Apenas tenemos datos oficiales sobre las mujeres dedicadas a labores agrícolas, pues los censos sólo recogían al cabeza de familia. No obstante, sí disponemos de testimonios y documentación gráfica que pone de manifiesto el trabajo realizado por ellas en las pequeñas explotaciones familiares que abundaban en los barrios extramuros como el nuestro, todas ellas dirigidas a abastecer la demanda procedente de los habitantes de la ciudad.
Al igual que en nuestro siglo, la ama de casa ha sido en todo momento una aportación clave e imprescindible en la economía familiar. Además de administrar los escasos sueldos de los maridos, ellas eran quienes compraban alimentos y se enfrentaban a los tenderos y comerciantes cuanto no podían hacer frente a las deudas, quienes confeccionaban, lavaban y repasaban la ropa, preparaban las comidas y las llevaban a sus maridos, traían el agua, blanqueaban las casas, cuidaban a las hijas e hijos, atendían a las personas accidentadas y enfermas, etc., y muchas más tareas que exigían de la exclusividad de la mujer, siempre sin salario, y nunca se tenía en cuenta a la hora de elaborar los presupuestos familiares.
En definitiva, el ocio y el descanso estaban ausentes de estas trabajadoras amas de casa, que además debían sufrir las restricciones a los espacios públicos en exclusiva para los hombres. Rara vez pudo verse a una mujer en las tabernas, cafés y asociaciones locales de trabajadores. También en La Rochapea, el trabajo de las mujeres, madres, hermanas e hijas fue fundamental para el futuro de unas familias que, demasiado a menudo, no supieron ni fueron capaces de valorarlo en su medida.

Testua: Patxi Abasolo Lopez
Argazkiak: AMP
[Ezkaba aldizkaria, 176 zka., 2010eko ekaina]


[1] “Mujeres”, canción compuesta por el cantautor cubano en 1978.
[2] Reformas Sociales, Información oral, I, Madrid, Manuel Minuesa de los Ríos, 1889, p. 225, en SOTO CARMONA, Alvaro (1996: 348).
[3] PÉREZ-FUENTES, Pilar (2004: 63-64).
[4] ELSO, Mª Puy (1998:172).
[5] SAN MARTIN, Alejandro, “Trabajo de las mujeres”, en NASH, Mary (1983: 324-325).
[6] Nacida en Navarreria, 1996, págs. 28, 37, 58.

1 comentario:

Patxi Abasolo Lopez dijo...

Más información en el libro:
Patxi Abasolo, "Arrotxapea: Historia, Memoria, Compromiso", Iruñea: Jai Batzordea, 2012.